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sábado, 11 de noviembre de 2017

SIEMPRE REGRESA POR TI - JIM CARDOZO (RELATO)

SIEMPRE REGRESA POR TI
La noche en que Rose llegó a mi casa era lluviosa, pero apenas entró y se sentó en el sofá del salón principal, fue como si el cielo se abriera para dar paso al Apocalipsis. El viento empezó a soplar tan fuerte que hizo que la luz se fuera dos veces. Aunque cuando empezó a contarme lo que le había pasado a Michael Hanks, un conocido del pueblo que trabajaba con su camión transportando insumos, la tormenta comenzó a amainar. 

Yo conocía a Mike de toda la vida, tenía casi treinta años menos que yo, pero siempre lo veía en el bar de Frank, como a casi todos los hombres del pueblo, los sábados en la noche.

- ¿Sabes lo que me contó Mike el otro día? -Preguntó Rose después de que nos hubiéramos acomodado en el sofá.
- No -respondí. 
- Me dijo que el miércoles pasado, mientras iba conduciendo su camión por la carretera principal, una joven estaba haciendo autoestop y él la recogió. Era casi media noche… -se interrumpió y luego preguntó-: ¿Te pasa algo Bob?

Yo debí hacer un gesto extraño, pues Rose detuvo su historia de repente.

- No, es sólo que recordé algo -respondí presurosamente-, pero no es nada.
- Eso espero, hiciste una cara de susto.

En realidad me hizo recordar una historia similar que me había pasado treinta años antes, en el verano del 87.

- Bueno, como te venía diciendo -prosiguió Rose-; me encontré a Mike en el bar de Frank el viernes pasado y me invitó un trago. Ahí fue cuando me contó la historia -se volvió a interrumpir, luego preguntó:- ¿en qué iba?
- En que recogió a una joven en la carretera.
- ¡Ah, sí! -Recordó Rose-. Me dijo que él no suele recoger a nadie en la carretera. Que hoy en día no se puede confiar en nadie, menos en las personas que andan haciendo autoestop.

Mientras Rose decía todo esto, yo comencé a rememorar lo que me había sucedido aquella vez. Ya sabía de qué iba la historia, pero me interesaba saber en qué había terminado.

- Bob, ¿me estás prestando atención? -Preguntó de repente Rose.
- Sí, lo siento -me apresuré a responder-. Es que el frío hace que me dé un poco de somnolencia. Ya sabes, los años no llegan solos… hace dos días cumplí sesenta, recuerda.
- Lo sé -dijo Rose-, por eso estoy aquí. Fred ya casi llega con el pastel y las velas -sonrió cariñosamente.
- Así es. Y se los agradezco mucho, desde que Roxanne falleció no he tenido mucha compañía.

Mi Roxanne falleció hace tres años. Era mayor que yo dos años, llevábamos cuarenta y tres años casados, y aunque yo no podía tener hijos, vivimos una vida feliz hasta que el malnacido cáncer se la llevó.

- No eres el único que la extraña, Bob -dijo Rose con tono afable al notar mi tristeza-, todos aquí la echamos de menos. Tratamos de recordarla siempre en nuestros corazones.

Era verdad, todo el pueblo se había reunido para despedir a Roxanne. Hasta sembraron un árbol en el parque principal en su honor.

- Gracias Rose -le agradecí sinceramente-. Siempre lo tendré presente.
- Pero no es tiempo para tristezas -dijo Rose-, mejor te termino de contar la historia de Mike y así esperamos a que llegue Fred.
- Me parece bien -opiné-, prosigue.
- Bueno -empezó nuevamente Rose-, Mike me dijo que había recogido a la chica porque le pareció un acto de bondad. Que al detener el camión simplemente vio a una muchacha de unos diecinueve años pidiendo un aventón.

Traté de mantener la cara inexpresiva, no quería que Rose se volviera a interrumpir por mi culpa. Además, esperaba que no llegara Fred e interrumpiera la historia.

- Me dijo que le pareció curioso que llevara un vestido negro -continuó Rose-. Aunque por lo demás le pareció normal. Cuando le preguntó hacia dónde se dirigía, ella le contestó que venía para aquí, para este pueblo a visitar a alguien.
- ¿Le dijo a quién venía a ver? -La interrumpí.
- No te adelantes a la historia -espetó Rose-. Mike le permitió subir y le empezó a hacer conversación, pero la chica parecía rehuir a sus preguntas. Dice Mike que simplemente movió la cabeza para afirmar o negar.

En este punto de la historia yo ya no podía seguir ocultando mi expresión de asombro. Todo parecía una réplica de lo que me había pasado.

- Te recuerdo que mientras Mike me contaba su historia estábamos en un bar -resaltó Rose-, y parece que Mike llevaba ya varias copas antes de que yo llegara. Por lo que puede que empezara a agregar e inventar algunas cosas a su historia, para mostrarla algo más asombrosa de lo que realmente fue. Si es que realmente pasó. 

Rose se interrumpió nuevamente y revisó su reloj. Al parecer Fred se estaba retrasando más de lo que esperaba.

- ¿Qué le habrá pasado a Fred? -Preguntó un poco preocupada.
- No te preocupes -le dije-. Debe estar comprándome un regalo especial o algo por el estilo -solté una carcajada que Rose acompañó amablemente-. Pero acaba de contar la historia, quiero saber en qué terminó.
- Sí -convino Rose-. Supuestamente cuando Mike se cansó de que la chica evadiera sus preguntas, encendió la radio del camión, pero esta emitió un sonido como de onda magnética o algo así, y al mover el dial para sintonizar otra emisora, el sonido magnético se intensificó y tuvo que apagar la radio. Podía ver a la chica de reojo y esta en ningún momento se inmutó por el sonido de la radio.

Rose se levantó y dijo de repente: 

- Sacaré una cerveza de la nevera, si no es ninguna molestia.
- Claro que no -la animé-. Tráeme una de paso.

El problema de la radio podía ser más común hace treinta años, pero ahora parecía imposible. Con tantas antenas que sintonizan tantas emisoras basura por todo lado. Sin embargo había vuelto a ocurrir. 

Rose regresó y me entregó una Budweiser al clima. 

- Parece que no las tenías en el congelador -señaló Rose su cerveza-. ¿Eso quiere decir que no nos esperabas realmente?
- Bueno, con esta lluvia pensé que no vendrían -respondí sinceramente. A los sesenta años las mentiras son más bien pocas.
- Ya ves cuánto te queremos -dijo Rose.
- Ya lo veo -contesté. Aunque en lo único que pensaba era en la historia de Mike. Quería saber cómo había terminado todo para él.

En ese momento sonó la puerta. Fred había llegado justo cuando iba a conocer el final de la maldita historia.

- Yo abro -se adelantó Rose y fue a abrir la puerta-, debo reprender a Fred por llegar tan tarde.

Fred entró en el salón mientras le decía a Rose:

- ¿…viste cómo llovía?, parecía que se fuera a acabar el mundo. Además, estaba comprándole esto a nuestro anfitrión -me alcanzó un paquete envuelto en papel de regalo, que a toda vista parecía un libro. Solamente esperaba que no fuera la Biblia-. Es el último libro de George Martin, no el de la saga de Game of Thrones, pero quizás te entretenga mientras el viejito se digna a publicar Vientos de Invierno.
- ¡Fred! -Saludé emotivamente-. Ya nos estábamos preocupando por ti, hasta destapamos un par de cervezas para pasar el trago amargo de tu ausencia.
- Ja, Ja -empezó Fred-, gracioso como siempre el viejo Bob. Iré al coche por el pastel, espero que no se haya estropeado. No tardo -dijo Fred y salió de la casa.

Mientras Fred estaba en el coche, Rose iba a la cocina y sacaba platos y cubiertos para adornar la mesa para el pastel. En una de esas idas y venidas le recordé:

- Debes terminar de contarme lo de Mike.

Justo en ese momento iba entrando Fred y escuchó lo que le decía a Rose, por lo que dijo:

- Ya saben lo de Mike, ¿eh?
- Veo que Mike quiere que todos sepan lo de su extraño encuentro con la chica del camino -intervino Rose-. Pensé que tendría el privilegio de contártela también a ti. Se la estaba contando a Bob cuando llegaste.
- Yo me encontré a Mike el otro día en la oficina de correos -empezó Fred-, y me contó parte de su historia. Al final tuve que invitarlo a un café para que me la terminara de contar. Aunque no pidió café, sino una cerveza, como siempre.

Mientras ellos hablaban, yo pasaba la vista de Rose a Fred y de Fred a Rose. Simplemente quería saber el final de la maldita historia, y esperaba de todo corazón que fueran puros inventos de Mike. 

Rose comenzó a partir el pastel y a servir los platos, mientras me incitaba a soplar las velas y a pedir un deseo. En esos momentos lo único que deseaba era no haberme enterado de la historia de Mike. Después de pedir el deseo, soplar las velas y cantar el feliz cumpleaños, Rose levantó nuevamente los platos y nos puso a cada uno una Budweiser en las manos. Después dijo:

- Fred, permíteme terminar de contarle la historia a Bob. Luego podrás corroborarla con lo que te contó a ti Mike.
- Por supuesto -sentenció Fred.
- Ibas en la parte de la emisora -me adelanté a decir con la mayor concentración posible.
- Gracias -dijo Rose un tanto sorprendida-. Según Mike, después de apagar la radio revisó su reloj y vio que este se había detenido a las doce en punto, pero dijo que el reloj debía de llevar una hora así, pues ya era casi la una de la madrugada, creía que había pasado una hora desde que había recogido a la extraña mujer -Rose miró a Fred, como queriendo corroborar hasta allí la historia-. Dice que justo en ese momento comenzó a sentir mucho calor en la cabina del vehículo, por lo que intentó encender el aire acondicionado, pero este no funcionaba. Parecía que todo se estuviera estropeando allí adentro. Dijo que pensó en detenerse y revisar el vehículo, pero que la presencia de la mujer lo hacía sentir incómodo y lo único que quería era llegar a su destino para que la mujer se bajara, así que siguió adelante.
- La parte que sigue fue la que más me gustó -interrumpió Fred.

Rose lo miró, luego me vio a mí y levantó su cerveza para brindar. Yo como pude levanté mi cerveza. Me sentía petrificado.

- Gracias por tu opinión, Fred -le dijo Rose y continuó-: Mike entonces bajó el vidrio de su ventana para que entrara aire, y en ese momento la mujer bajó bruscamente la cabeza y su cabello le cubrió la cara. Mike solamente la podía ver por el rabillo del ojo, pero pudo percibir perfectamente ese movimiento. “¿Te viste The Ring?”, me preguntó Mike en ese momento, por lo que yo le contesté que sí. “Bueno, la mujer se parecía a la de esa película” me dijo. En ese momento, cuenta Mike, un escalofrío recorrió toda su espina dorsal y empezó a sudar frío. Pero cuando la mujer comenzó a hablar, Mike quedó petrificado. 

Bob ya conocía la historia hasta este punto, solamente cambiaban pequeños detalles, por lo demás era idéntica. Simplemente quería saber el resultado final.

- La mujer tenía un tono tenebrosa -continuó Rose-, que resonaba como si sus cuerdas bucales estuvieran desgarradas. Dice Mike que cuando la recogió en el camino y le dijo que la llevara, tenía una voz como cualquier otra. Pero en ese momento estaba hablando como un espectro de Mordor. Así lo dijo Mike, aunque repito: ya llevaba varios tragos encima.
- Pues a mí me contó casi lo mismo -argumentó Fred-, y parece que no tenía alcohol encima. Aunque con Mike nunca se sabe.
- Mike dice que comenzó a rezar entre dientes -siguió Rose-, que en un momento dado se atrevió a preguntarle “¿qué quieres?”, para lo cual la extraña mujer contestó algo con una voz tan espectral que Mike volvió la cabeza para ver a la mujer mejor. Lo veía a través del cabello con unos ojos inyectados en sangre, además la piel sobre el vestido era tan pálida que parecía estar muerta. Aparte, añadió que empezaba a percibirse un olor asqueroso dentro del camión.
- Espeluznante -aventuró Fred.
- Sí -admitió Rose-. Mike dice que cuando pudo salir del trance y volvió a ver hacia la carretera, el camión se estaba saliendo de la carretera y se precipitaba hacia un árbol, por lo que pisó el freno con ambos pies. El camión se estremeció bruscamente, pero alcanzó a detenerse poco antes de chocar contra el árbol. Dijo que apenas sintió que el vehículo se detuvo del todo, pensó en abrir la puerta del conductor y salir corriendo como alma que lleva el diablo, pero entonces vio de reojo que el asiento de al lado estaba vacío. Cuando se atrevió por fin a volver la cabeza, la puerta del copiloto estaba abierta. No había nadie a su lado.

Rose se interrumpió para beber un trago de cerveza y luego agregó:

- Mike me dijo que metió reversa al vehículo sin importarle que la puerta del copiloto estuviera abierta, y volvió a la carretera. Llegó al pueblo en quince minutos y se encerró en su casa.
- ¿No saben qué fue lo que le respondió la mujer a Mike cuando este le preguntó qué quería? -Intervine por fin. Aunque ya conocía la respuesta.
- No -dijo Rose.
- Sí -contestó Fred al tiempo-. Según Mike, parece que dijo "quiero a Bobbie". Aunque no está seguro.

Solamente Roxanne llamaba Bobbie a Bob. Lo había llamado así desde que comenzaron a salir, pero ahora nadie le llamaba así.

- Una historia escalofriante, ¿eh? -Apuntó Fred.
- Muy -agregó Rose.
- Pero historia, al fin y al cabo -sentenció Fred.

Nadie dijo nada más. Después de dos cervezas, Rose y Fred se marcharon, dejándome sumido en mis pensamientos. Hacía mucho que no pensaba en lo que me había ocurrido aquella noche de 1987. La cual básicamente había sido igual a la que había tenido Mike, solamente que esa vez la mujer no buscaba a otra persona. Siempre había pensado que lo que me había ocurrido aquella vez había sido producto de mi imaginación tras el choque, pero parece ser que lo que viví hace treinta años ocurrió realmente. 

En ese tiempo conducía una camioneta Ford, donde cargaba insumos a distintos pueblos cerca de aquí. La mujer apareció un miércoles a media noche. Después de que pasó una hora de haberla recogido, agachó su cabeza y dijo que venía por mí, con esa voz gutural tan rasgada y terrorífica. Lo único que se me ocurrió en ese momento fue sacar el camión de la carretera, abrir la puerta y saltar antes de que se estrellara. Todos pensaron que había sido un accidente. Ahora ven que no es así.

Ha esperado treinta años por mí, pero yo sabía en el fondo de mi corazón que volvería algún día para llevarme consigo a su inmortalidad infinita. Varias noches recordaba esos ojos, esa piel mortecina y esa voz de ultratumba. Parece que al fin y al cabo somos presa del destino. Escribo esto dos días después de que Rose y Fred vinieran a celebrar mi cumpleaños número sesenta. Quizás ya no me queda más tiempo. Escucho afuera al viento soplar con fuerza y me vuelve a doler todo el cuerpo, sobre todo el pecho, además de esa estúpida fatiga, y ni hablar de la dificultad para respirar. Aunque todo eso ya no importa. La casa se siente muy vacía sin Roxy, pero debo agradecer poder haber vivido con ella tantos años juntos, ya que cuando tuve aquél accidente llevábamos solamente trece años de casados. Algo suena en el sótano, quizás no es nada, pero por si acaso mejor me voy despidiendo. Si alguien lee esto, quiero que sepa que lo que dijo Michael Hanks fue cierto, yo también lo viví. Esa vez pude escapar, pero esta vez no creo que pueda.



FIN


Jim Cardozo, noviembre de 2017.

jueves, 12 de octubre de 2017

LA PESADILLA - JIM CARDOZO (RELATO)

LA PESADILLA


Travis volvió a despertar en medio de la noche, lo cual era algo común, pero desde que abandonó su casa en Maple Street le pasaba más seguido. Mientras vivía allí despertaba sólo dos o tres noches en una semana, pero ahora lo hacía cada noche. Lo que le despertaba era el sonido de pequeños seres movilizándose en masa; como un ejército del mal deslizándose sigilosamente por el suelo. Al despertar no se escuchaba sonido alguno, pero sabía que estaban ahí y que se organizaban para ir por él. Porque sabía que individualmente no eran nada, pero en masa eran fatales. Antes creía que se trataba de simples pesadillas, ahora sabía que era algo real.

Todo comenzó un año atrás, en una noche que se dirigió al cuarto de baño para orinar. En ese entonces vivía con su madre en un pequeño edificio en la esquina de Maple Street. Travis era soltero, pues su relación con el sexo femenino era casi nula (a excepción de su madre). Solamente había tenido dos novias -si así se le puede llamar- en toda su vida; una en el Instituto, cuando tenía dieciséis años, y otra cuando estaba en la Universidad, de la que nunca se graduó. Aunque las dos relaciones resultaron ser sólo algo pasajero. Travis sospechaba que habían salido con él por puro y simple interés.

Sabía que la gente murmuraba, siempre fue el tipo raro que vivía con su madre, pero a él no le importaba. Después de cursar dos semestres de Biología y dejar la Universidad, cuando se dio cuenta que no era lo suyo, se dedicó a cuidar a su enferma madre, quien empezó perdiendo un poco la vista y resultó casi ciega cuando cumplió cincuenta y ocho años. Trabajaba de vez en cuando en la gasolinera del pueblo, pues fue el único sitio donde lo aceptaron, ya que la mayoría creía que era extraño y poco fiable. Lo cual sería la causa principal por la que nunca tendría ayuda en un futuro no muy lejano. Tenía cuarenta y seis años y ya estaba casi calvo. Nunca conoció a su padre y su hermano Mike falleció cuando tenía tres años, de una neumonía severa.

Después de esa noche comenzó a tener pesadillas espeluznantes. Soñaba que miles de pequeñas garras ganchudas trepaban por su cuerpo y comenzaban a devorarlo lentamente. Todo era muy vívido. Podía sentir cada mordida de esas pequeñas mandíbulas que se cerraban alrededor de su cuerpo, que se trababan hasta arrancar pequeños trozos de su propia carne. Pero lo peor de todo era que, cada vez que amanecía despertaba con pequeños puntos rojos en varias partes de su cuerpo. Lo cual hacía que esa sensación de pesadilla se desvaneciera.

Cuando se lo dijo a su madre, que en ese entonces tenía setenta y ocho años y una ceguera total, esta le contestó que no fuera estúpido, que lo que había visto en el baño aquella vez había sido algo normal, que se presentaba en casas viejas y sucias como la pocilga en la que la había metido. Esto enfadó mucho a Travis, pues él administraba el poco dinero que les había dejado la tía Helena como herencia, pero para su madre nunca era suficiente. Además, él intentaba trabajar cada día en esa gasolinera de mierda, donde tenía que soportar los chistes que hacían sobre él. Empezando por Joe, el encargado de la gasolinera.

Ahora que lo pensaba mejor (y tenía muchas noches para pensarlo), su madre fue la culpable de que su vida resultara ser un desastre. Él se lo había advertido, pero ella nunca le hizo caso. 

Un día, cuando Travis fue a la gasolinera a cumplir con su turno, Joe le preguntó si estaba enfermo, le dijo que, aunque siempre había tenido cara de culo esta vez parecía también enfermo. Le dijo que últimamente se veía más flaco y demacrado, y le recomendó visitar al doctor Brennan. Desde luego su madre no había advertido nada de esto, pues no podía ver ni a un elefante en un pasillo.

Esto comenzó a inquietar cada vez más a Travis, pues ya llevaba varios meses soñando con las pequeñas garras ganchudas que trepaban por su cuerpo, y no supo si fue por lo que le dijo Joe o no, pero se empezó a sentir cada vez más débil. Se veía en el espejo y le parecía que cada día perdía más peso. El Travis que otrora pesó ochenta y cinco kilos; de cachetes redondos y colorados, ahora parecía salido directamente de un campo de concentración. Y como no hablaba con casi nadie en el pueblo aparte de su madre, si es que se podría considerar conversación a las pocas palabras cruzadas con ella, y de Joe, quien cuando no se estaba burlando de él, lo estaba gritando y mandando, nadie se preocupaba por su salud.

Cuando las pesadillas y los pequeños pinchazos siguieron, Travis decidió al fin ir con el doctor Brennan. Este le informó que sufría algún tipo de anemia, pero que, con algún medicamento y descanso, podría reponerse. Travis dudó un momento de si contarle o no sobre sus pesadillas al doctor, pero al final lo hizo, esperando que lo tachara de loco, pero este le dijo que era algo común en pacientes con anemia, y que hasta podría llegar a tener alucinaciones.

Travis se fue a casa pensando en lo que le había dicho el doctor Brennan, y concluyó que lo que le estaba pasando era producto de una alucinación muy vívida. Aunque quedaban los pequeños pinchazos en su cuerpo, que podrían ser algún sarpullido producido quizás por la anemia. La próxima vez se lo preguntaría al doctor, por ahora tomaría su medicamento y descansaría más.

Pero un mes después, había bajado aún más de peso y seguía despertando en medio de la noche con un grito ahogado en su garganta. Una noche hasta se trasladó a la cama de su madre para dormir con ella, cosa que no había hecho desde que tenía doce años.

Joe le siguió insistiendo en que viera a un médico. Ya no le gastaba bromas y parecía realmente preocupado, así que Travis volvió con el doctor Brennan. Este lo acompañó al Hospital General y le tomó varias pruebas de sangre. Todas salieron negativas de algún virus, pero de todos modos envío algunas muestras al Hospital Central para que las analizaran. El doctor insistió en que Travis permaneciera en el hospital mientras tenía un diagnóstico final, pero este se negó a dejar a su madre sola, lo cual era una excusa, simplemente no le gustaban los hospitales.

Esa misma noche un ruido le despertó. Había estado soñando con pequeñas garras ganchudas que se deslizaban sigilosamente por el suelo, pero esta vez no se organizaban para ir por él. Se sentó en la cama, sudoroso y sin aliento. Apartó las sábanas y se dirigió al cuarto de baño. Estaba vacío. Luego pensó en su madre y un sentimiento de horror lo invadió. Salió corriendo al cuarto de ella, encendió la luz y lo que vio lo dejó petrificado. 

¿Alguna vez han visto a esas personas que se meten en un enjambre de abejas para ser rodeados por completo? Bueno, esta escena era similar, pero con hormigas. Había miles, quizás millones en toda la habitación: en el suelo, en la cama, en las paredes. Pero lo peor era que su madre no se veía por ningún lado. Aunque después de un rato Travis supo que su madre era el bulto de hormigas que se veía encima de la cama.

La noche que Travis vio por primera vez a estos insectos en el baño, pensó que habría algún residuo cerca o que simplemente estaban instaurando su pequeña colonia en algún agujero, por lo que trató de acabarlas pisoteándolas con sus zapatos. Después de eso comenzaron las pesadillas, las cuales no eran nada en comparación con lo que estaba viendo en ese momento.

Trató de moverse, pero parecía que sus pies estaban pegados al suelo. Tampoco podía gritar; simplemente estaba paralizado. Cuando por fin pudo moverse, vio que lo que creía era su madre se levantaba de la cama (como las personas que tienen miles de abejas en todo su cuerpo) y comenzaba a avanzar hacia él. Travis en ese momento profirió el peor grito que jamás haya salido de un ser humano y empezó a correr por el pasillo, pero lo que en sus pesadillas sonaban como pequeñas garras ganchudas, ahora sonaba como gigantes garras de oso. Al llegar a su cuarto cerró la puerta de golpe tras de sí y corrió el pestillo. 

Intentaba pensar en lo que podía hacer, pero resultaba inútil, no podía apartar de su mente la imagen de su madre (o lo que creía era su madre) levantándose, toda llena de hormigas. Tenía un pequeño revolver en el armario, que también había heredado de la tía Helena, pero en ese momento le parecía el arma más inútil del mundo. Mientras pensaba en eso bajó la vista y vio que las hormigas empezaban a entrar por el marco de la puerta, y pudo notar que no eran cientos, ni miles: eran millones de hormigas entrando en su cuarto. En cualquier momento podrían hasta derrumbar la puerta, estaba seguro de eso. 

En ese momento se dirigió a toda prisa al cuarto de baño, pero antes cogió el arma del armario. Al entrar comenzó a sopesar las posibilidades que tenía. Lo único que sabía era que las hormigas rehuían al fuego. Abrió el compartimiento superior del lavamanos y sacó un frasco de alcohol de entre los utensilios que guardaba allí. Se quitó la camiseta y desgarró un pedazo con las manos, luego desocupó otro frasco de un limpiador, metió el pedazo de camiseta allí, la mojó con alcohol y acto seguido sacó su encendedor automático (gracias a Dios había empezado a fumar desde los quince) y encendió su camiseta. Eso podría alejar a las hormigas que se le acercaran, aunque fueran millones las que hubieran. Creía que todas las hormigas del mundo se habían dado cita en su pequeño apartamento.

Las hormigas habían comenzado a entrar en el cuarto de baño en el momento en el que Travis se quitaba la camiseta y la desgarraba, pero al prender el fuego estas empezaron a alejarse. Así pudo abrir la puerta. Al hacerlo se encontró con su madre (o lo que parecía ser su madre) delante suyo. Esta vez no dudó y sacó el arma del pantalón con la mano derecha, ya que con la izquierda sostenía el frasco en llamas, y disparó. Hizo tres disparos antes de darse cuenta de que las hormigas comenzaban a alejarse del cuerpo de su madre, pero no por las balas ni por el ruido, sino por el fuego de la botella que sostenía delante suyo. Al descubrirse el cuerpo de su madre, se dio cuenta de que las balas habían dado en ella directamente. Luego cayó delante de Travis y este se desmayó.

Los bomberos llegaron media hora después, pues los vecinos llamaron a emergencias por el humo que salía de la casa de los Ambers. Por suerte (creo) Travis fue rescatado, inconsciente pero con vida. Su madre yacía muerta a su lado. Tenía tres balas en su cuerpo; dos en el pecho y una en la frente. El arma también fue rescatada del incendio, lo que sirvió para armar la teoría del Fiscal General:

Travis Ambers era un hombre de cuarenta y ocho años de edad, que había vivido toda la vida con su posesiva madre, la cual se había aprovechado de su enfermedad para que su hijo no se alejara de ella. Travis no tenía amigos ni hablaba con nadie en el pueblo. Todo el mundo lo consideraba extraño y retraído, quizás con problemas mentales graves. Hasta el doctor Brennan había dicho que sufría de alucinaciones. Ya ni siquiera comía, como dijo el propio Joe, jefe de Travis en la gasolinera. Así que un día se había cansado y había planeado el asesinato de su madre con el arma encontrada en el lugar de los hechos. Luego intentaría incendiar la casa para suicidarse, llevándose consigo el apartamento y quizás el edificio entero.

La declaración de Travis confirmaba todas las sospechas y refuerza el informe presentado por el Fiscal:

Según Ambers, las hormigas lo habían estado acosando cada noche, eran millones; pequeñas bestias movilizándose en masa, como un ejército, deslizándose sigilosamente por el suelo, él sabía que estaban ahí y que se organizaban para ir por él. Porque individualmente no eran nada, pero en grupo eran fatales. Habían sido las que atacaron a su madre y él al tratar de defenderla, había disparado, pero todo por salvarla de las hormigas.

Al final, Travis fue encerrado en la cárcel Modular del Estado, un recinto para enfermos mentales, condenado a cadena perpetua. Pero eso no era lo peor. Lo peor venía cada noche, cuando millones de pequeñas garras ganchudas trepaban por todo su cuerpo y comenzaban a devorarlo poco a poco. 

En las mañanas despierta con pequeños puntos rojos alrededor de su cuerpo, pero la enfermera de paso siempre escribe lo mismo en su informe:

Travis Ambers, 49 años. 
Peso: 45 kilos y bajando. 
Motivo: paciente se niega a comer.
Nota: pequeñas marcas rojas en su cuerpo. 
Motivo: paciente continúa pellizcándose cada noche.
Recomendación: inyección intravenosa de suero y sedantes. 
Continuar tratamiento con medicamento avanzado y aislamiento total.






FIN


Jim Cardozo, Octubre de 2017

jueves, 27 de julio de 2017

La Casa Frey - Jim Cardozo (Relato)

LA CASA FREY




“Terror es ese calculado crescendo camino de ver al monstruo. Horror es ver al monstruo” 
Stephen King



I


Allan era un abogado fracasado que tenía varias deudas derivadas de su adicción por el casino, donde acudía cada noche, aún sin tener un centavo en su cartera. Esto le había hecho descuidar su trabajo, el cual consistía en llevar sus propios casos. Pero nadie confiaba en él, pues su pequeña adicción se había hecho pública y los pocos clientes que tenía no merecían mayor atención: un anciano que pretendía separarse de su anciana esposa después de cincuenta años de matrimonio, ya que el anciano simplemente quería que constara en un acta que había llegado soltero a la tumba; una mujer que quería demandar al director de su academia de baile, pues le había prometido aprender a bailar tango sin conseguirlo; y muchos otros casos tan interesantes como estos. Allan mejor había centrado su atención en la bebida y en el casino.

Vivía solo en un pequeño apartamento alquilado, tenía treinta y cinco años y había estado casado dos veces. No tenía hijos porque… bueno, porque Dios había querido que así fuera. Sus dos anteriores esposas no podían tener hijos, pero ninguna se lo había dicho a Allan sino hasta después de la boda. ¿Por qué no se lo había preguntado a la segunda? Seguirá siendo un misterio. Al menos ninguno de los dos matrimonios había sido concebida por la Iglesia Católica, así que Allan se había ahorrado la vergüenza de haber tenido que romper los vínculos nupciales de Dios, lo que para su madre hubiera sido el Apocalipsis.

La madre de Allan se llamaba Sara, era una señora entregada a Dios, Jesús y a la Virgen María. Siempre intentó inculcarle a su hijo esta hermosa devoción, pero había fracasó en el intento. A cambio, había conseguido un hijo malcriado, rebelde y con tendencias a meterse en problemas cada día. Cuando Allan tenía ocho años cometió su primer delito: incendió el bote de basura de la señora Claiborne. A sus once años, robó unos cassettes de los Sex Pistols. A los catorce ya había perdido la virginidad, y a sus dieciocho había sido detenido fumando marihuana.

Pero un día, Allan sorprendió a su angustiada madre diciéndole que quería ser abogado. Así es, Allan el malcriado quería ser abogado, nada más y nada menos. Había pasado más de media vida infringiendo la ley, pero ahora quería alejarse del lado oscuro y abrazar el lado luminoso de la fuerza. Su madre por primera vez se sintió feliz y lo apoyó en todo lo necesario, antes de que su hijo saliera de aquél extraño trance.

La decisión la había tomado durante una noche en el casino, donde había conocido a un tipo que era abogado. Este le dijo que estudiar en la Academia era algo realmente sencillo, además, generaba ingresos fáciles a futuro, cosa que, como comprobaría años más tarde, no era nada cierto.

Su etapa en la Academia había sido sencilla: bebiendo la mayor parte del tiempo, yendo a conciertos de rock and roll cada noche, saliendo con chicas deseosas de conocer compañeros de semestres más avanzados, y en últimas; pasando de milagro la mayoría de los exámenes. Hasta que por fin, después de un poco más del tiempo establecido -en realidad dos años tarde-, Allan logró graduarse, con un poco de ayuda extra, y su madre estuvo muy orgullosa de él… durante un tiempo.


II


Allan entró en su apartamento después de una noche de juego, donde había perdido los últimos veinte dólares que le quedaban en el bolsillo, y aunque había alcanzado a ganar cincuenta dólares durante los primeros juegos; los había vuelto a apostar -como de costumbre- y los había perdido -como de costumbre-. Se quitó los zapatos, luego los calcetines, tiró todo debajo de la cama y se acostó con el resto de ropa encima. Lo que más le fastidiaba era la corbata, esa ridícula prenda que pretendía hacer ver a las personas “elegantes”. Para él era una tortura que lo hacía ver ridículo. Luego recordó que debía echarle comida a Church, su gato, el cual había nombrado así en honor a su madre. Se levantó malhumorado, observó su desorden y gruñó. El gato estaba echado en el sofá, como siempre; era su pequeño palacio. Allan lo llamó y le sirvió el alimento. ¡Qué afortunado animal! No tenía que preocuparse por nada, simplemente de que su estúpido amo le diera de comer.

Volvió a pensar en la entrevista que había tenido esa tarde antes de ir al casino. El viejo Woodhouse le quería contratar para un trabajo sobre unos papeles de una casa que había adquirido gracias a una hipoteca. Lo curioso era que Allan debía ir hasta el predio para verificar las condiciones de la casa, pasar dos noches allí, y al final dejar listos los papeles para cuando Woodhouse fuese a verla.

Harry, el secretario del viejo Woodhouse, fue quien contactó a Allan, la llamada lo había dejado atónito, pues el viejo siempre había hablado pestes de Allan, ya que conocía su adicción por el casino y consideraba que era un pésimo abogado. Pero ahora le necesitaba y esto le hacía gracia. Harry le había explicado la oferta, la cual era simple: debía ir a la casa, observar el estado del predio, hacer los papeles necesarios, quedarse allí dos noches, preparar la casa, y al final esperar con el informe a Woodhouse, quien iría personalmente a comprobar todo a la mañana del tercer día. Por este trabajo Allan recibiría quinientos dólares, lo cual era una oferta que no podía dejar pasar. Aceptó enseguida, así que le informaron que le acompañarían dos personas más: una abogada llamada Rose, la cual Allan conocía levemente, y Hector, el encargado de cuidar la casa.

Tras volver a meditar sobre su nuevo trabajo Allan suspiró, y pensó en qué gastaría sus quinientos dólares. Podía apostarlos en el casino e intentar multiplicar ese dinero, pero el hecho de perder semejante suma le hacía volver a la realidad. Sería mejor salir un poco de deudas y el resto invertirlo en cosas para su pequeño apartamento. Con estas ideas Allan regresó a la cama, pero esta vez sí se quitó su traje desgastado y durmió en calzoncillos.


III


Para llegar a la casa debían recorrer un largo camino en la camioneta 4x4 que les había entregado el secretario de Woodhouse. Conducía Hector, el encargado de la casa, y les informó que debían recorrer dos horas por la carretera principal y luego dos horas más a través de una carretera secundaria. Allan meditó sobre lo que haría durante las próximas cuatro horas dentro de ese vehículo y acompañado de esos dos desconocidos. Aunque bueno, Rose no era una completa desconocida, Allan sabía que era una de las tantas amantes del viejo Woodhouse. Era una abogada joven que había conseguido entrar en la firma Woodhouse con sólo mover su trasero. Eran las dos de la tarde cuando salieron de la ciudad.

- ¿Y qué exactamente es lo que usted hará en la casa? -preguntó Allan a Rose. Allan iba en la parte trasera del vehículo, mientras que Rose iba en el asiento del copiloto.
- Debo supervisar que usted haga su trabajo bien -contestó.
- Para eso la hubieran contratado a usted directamente -contraataco Allan.
- No tengo mucha experiencia en trámites hipotecarios, pero Edgar creyó conveniente que viniera para ayudarlo con lo que necesitase, señor Parker.

Por un momento Allan se compadeció de la joven, podría ser una vividora, pero se notaba que era una chica vulnerable para un viejo como Edgar Woodhouse.

- Y cuénteme Hector, ¿cómo fue que los antiguos dueños perdieron la casa? -volvió a preguntar Allan, dirigiéndose ahora hacia el conductor.

Hector concentrado en la carretera, gruñó, pero contestó:

- Los señores Frey tenían problemas con las casas de apuestas, lo que los llevó a la ruina.

Allan prefirió no seguir preguntando sobre el tema, de momento.

- Entiendo – contestó simplemente.

Cuando llegaron a la carretera secundaria, Allan comenzó a cerrar los ojos, al poco tiempo se sumergió en el sueño. Tuvo una pesadilla: estaba en un cuarto oscuro, atado de pies y manos, sin poder ver nada, escuchaba la voz de una anciana a su alrededor. No podía ver, pero sentía que los sonidos se acercaban cada vez más.

-Hemos llegado, señor Parker -le informó Rose, sacudiéndolo y rescatándolo de la pesadilla. Eran las seis y diez minutos de la tarde.


IV


La casa era grande, tenía dos plantas, un porche imponente y un patio trasero que se mezclaba con un bosque que rodeaba la mansión de los Frey. Héctor bajó las maletas del vehículo, Allan y Rose recibieron su equipaje, y juntos entraron en la casa. Harry le había informado a Allan que en el lugar hacía frío de noche, por lo que el abogado había llevado ropa para la ocasión, pero nada de trajes ni corbatas, casi nadie le vería así que no debía aparentar. Cuando entraron en la casa eran pasadas las seis de la tarde, por lo que ya comenzaba a sentirse el frío.

Al entrar, Allan sintió que la casa expedía un silencio terrorífico, su tamaño no ayudaba mucho; era demasiado grande para sólo tres personas. A Allan le correspondió un cuarto del segundo piso, al fondo del pasillo, mientras que a Rose le correspondió una habitación del segundo piso que quedaba cerca de las escaleras. Entre el largo pasillo que los separaba había dos habitaciones vacías. Hector había ocupado una habitación en el primer piso, Allan supuso que era el cuarto del encargado de la casa.

Allan no perdió el tiempo y comenzó a recorrer la mansión después de dejar el equipaje en su cuarto. Llevaba consigo los planos del predio, así como una agenda para anotar cualquier novedad, quería ganarse sus quinientos dólares haciendo las cosas bien. Rose por su parte se quedó en el cuarto familiarizándose con este.

A las ocho de la noche, Hector les avisó que la cena estaba servida, así que Rose y Allan dejaron lo que estaban haciendo y se sentaron en la mesa.

- Quisiera saber un poco sobre la casa, Hector -preguntó Allan.
- No hay mucho que decir -respondió-, es una casa antigua y sus dueños la perdieron por apostar de más -terminó, secamente.
- ¿Trabajó usted con los Frey? -Preguntó esta vez Rose.
- Sí.
- ¿Y Edgar lo dejó conservar su trabajo aquí? -Inquirió Rose, amablemente.
- Así es.
- Muy amable de su parte -apuntó Allan.

Parecía que Hector era una persona de pocas palabras, era mejor no preguntarle más cosas personales. Tras terminar la cena, Allan trabajó un poco más recorriendo la casa. Al llegar al patio trasero, descubrió que un cerco estaba dañado, debía decirle a Hector que lo arreglara a la mañana siguiente. Después entró en la casa y analizó una vez más los planos sobre el comedor, allí decía que había un gran sótano, debería ir a verlo, aunque le inquietaba un poco el hecho de bajar allí de noche. Además, la pesadilla en la camioneta le había sobresaltado un poco, mejor lo vería mañana. Guardó los papeles y se dispuso a ir a su cuarto. Al subir las escaleras, se detuvo en el rellano y se volteó al sentir que lo observaban, descubrió que Hector estaba mirándolo fijamente desde la planta baja. Allan se sorprendió, pero luego le saludó levantando la mano y dijo:

- Buenas noches, Hector.

No recibió respuesta, Hector dio media vuelta y desapareció.

Allan terminó un informe preliminar y pensó en entregárselo a Rose, pero ya era casi media noche, sería mejor por la mañana. El cuarto de Allan no tenía baño privado, así que decidió dirigirse al del primer piso. Aunque esperaba no encontrarse con Hector, este le había asustado un poco la última vez que lo vio, allí de pie, observándolo fijamente.

El problema era que el baño quedaba a pocos metros del cuarto de Hector, pero debería dejar de ser tan asustadizo, simplemente iba a orinar y a bañarse los dientes. Decidió bajar. La planta baja estaba completamente oscura y el silencio se interrumpía únicamente por una respiración jadeante procedente del cuarto de Hector. Cuando estaba delante del baño, observó que el cuarto del encargado estaba entreabierto, pero no se atrevió a acercarse. Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Cuando salió, la respiración había cesado, no se escuchaba nada dentro de la casa, los pocos sonidos que procedían del exterior parecían extinguirse allí. Decidió no encender ninguna luz, era la una de la mañana y no pretendía despertar a Hector.

Cuando se encaminaba hacia las escaleras, sintió algo que se movía detrás de él, percibió una sombra por el rabillo del ojo, se volteó nervioso esperando ver a Hector, pero no vio nada, aunque estaba seguro de que algo o alguien estaba ahí. Subió rápidamente las escaleras de dos en dos y se apresuró a su cuarto. Cuando al fin llegó, intentó girar el pomo de la puerta, pero parecía que estuviera cerrada por dentro, tiró fuertemente mientras respiraba con dificultad. No se atrevía a mirar hacia atrás, pero de pronto el pomo cedió y pudo abrir. Cerró la puerta tras de sí, puso el seguro y encendió la luz. El cuarto se iluminó y todo volvió a la normalidad. Allan se recriminó el ser tan estúpido, no había pasado absolutamente nada y, aun así, se había asustado como un chiquillo. De repente, Allan contuvo una carcajada, había olvidado el cepillo de dientes en el baño de abajo.

Esa noche volvió a tener sueños extraños: soñó con la voz de una anciana, pero esta vez se le unía la de un anciano; seguía atado a la silla sin poder ver nada mientras las voces se acercaban cada vez más a él. Cuando por fin le quitaron la venda de los ojos, pudo ver que era Hector quien reproducía estos macabros sonidos.


V


A la mañana siguiente Allan se despertó temprano, pero no prestó atención al extraño sueño que había tenido. Bajó al primer piso y observó que Rose ya estaba en el comedor desayunando. Después de saludarlo, le informó que Hector había dejado una nota sobre la mesa indicando que había preparado el desayuno y estaba listo para servirse.

- ¿Dice a dónde fue? -Preguntó Allan.
- No, simplemente dice lo del desayuno -le entregó la nota-, mírala tú mismo.

Allan la leyó y frunció el ceño, luego añadió:

- ¿A dónde puede ir uno en medio de estos bosques?
- Quizás tenga conocidos cerca -opinó Rose-, algún vecino. Recuerda que Hector ha trabajado aquí durante muchos años, debe conocer los alrededores muy bien.
-Tienes razón, es solo que ese sujeto me parece un poco extraño. ¿Cómo es que al viejo… perdón, al señor Woodhouse -se corrigió Allan- se le ablandó el corazón y le volvió a contratar, después de haberle quitado la casa a sus antiguos patronos?
- No tienes que aparentar aprecio por Edgar delante de mí -dijo Rose-. Tampoco sé cómo llegó Edgar a contratarlo, quizás porque conoce la casa y podría ayudar a tenerla lista para los próximos dueños. Edgar quiere venderla en una semana.
- ¿Sabes cómo llegó esta casa a manos de Woodhouse? -Preguntó Allan- Ya sé que fue a causa de una hipoteca, pero… ¿Cómo fue que la perdieron los Frey?
- No sé los detalles, pero según Edgar, los Frey eran fanáticos a apostar en las carreras de caballos. Un día apostaron con la persona equivocada, y ahí estaba Edgar para arrebatarles todo. 
- ¿Y qué fue de los Frey? -Volvió a preguntar Allan.
-No lo sé, supongo que ahora viven en casa de sus hijos o nietos, no pregunté eso.

Allan se sirvió un desayuno a base de tostadas, huevos revueltos, café y jugo de naranja. Y mientras engullía todo esto dijo:

-Después del desayuno me bañaré y seguiré con la verificación de los papeles, anoche hice un informe preliminar, que pensé querías ver.
-Desde luego -respondió Rose-. También puedo ayudarte con lo que necesites hoy -se ofreció, mirando a Allan de soslayo detrás de su taza de café.
-Gracias. Si necesito tu ayuda te informaré -Allan aún no confiaba mucho en Rose, pues después de todo, había sido enviada por el viejo Woodhouse a vigilarlo para que no hiciera alguna tontería.

Al medio día llegó Hector sin dar explicación alguna. Preparó rápidamente el almuerzo, luego le comunicó a Rose que ya podía pasar a la mesa, y una hora después volvió a desaparecer. Cuando se disponía a salir de la casa tropezó con Allan, que iba entrando, el cual aprovechó para informarle sobre la cerca que debía reparar. Hector se limitó a asentir y le contestó que la repararía esa misma tarde, pero cuando volviera, pues ahora tenía algo urgente que hacer. Allan se quedó estupefacto, aquí el holgazán era él.

Allan y Rose trabajaron durante toda la tarde. A las seis ya habían terminado el informe general que debían entregar a Woodhouse a la mañana siguiente. Durante el tiempo que pasó con Rose, Allan pudo conocerla mejor y los dos lograron entenderse mientras trabajaban. Allan se preguntó por qué no trabajaba de esta manera siempre, no era corto de inteligencia, simplemente era un vago perezoso.

- Me estoy preocupando por Hector -dijo Rose al fin.
- Es un maldito holgazán -refunfuñó Allan-, simplemente quiere ganarse el dinero fácil. Ni siquiera arreglará la cerca que le dije, lo anotaré e informaré de todo esto al señor Woodhouse -nunca había sido un soplón, pero esta vez se sentía irritado con la actitud del encargado de la casa.
- Ya comienza a anochecer y no aparece -dijo inquieta Rose-, afuera debe hacer un frío tremendo.
- Por mí que se congele allá afuera.

Allan se ofreció a preparar la cena, sus años de soltería le habían especializado en preparar emparedados de queso, lechuga, tomate y mermelada. Al menos Hector les había dejado comida suficiente para sobrevivir un día más, pensó Allan.

- Anoche tuve un sueño extraño -comentó Rose-, soñé con Hector.
- ¿Sí? -Se limitó a murmurar Allan. No quería preocuparla más de la cuenta diciendo que él también había soñado con él.
- Sí, fue algo extraño.
- Será mejor que hoy nos vayamos temprano a la cama, mañana llegará a primera hora Woodhouse.
- Así es -contestó Rose-. Me da un poco de miedo dormir en esta casa, más sabiendo que la única persona que conoce el lugar no está. A propósito, ¿Sabes si el teléfono local sirve? -Rose parecía querer retrasar su ida a dormir- Los teléfonos móviles no tienen señal en esta área.
- No lo sé -repuso Allan-, no había tenido la necesidad de llamar a nadie, iré a verificarlo antes de dormir.

Eran las ocho y media de la noche. Allan estaba retocando el informe final, pero tras verificar los planos de la casa, recordó el sótano. 

- ¡Idiota! -Se dijo. Ahora tendría que bajar de noche a ese maldito lugar. Pensó en pedirle a Rose que lo acompañara, pero no quería sembrar más temores en la pobre chica.


VI


Allan acababa de abrir la puerta del sótano, había encontrado las llaves colgadas en la pared de la cocina. Se preguntó si debería llevar una linterna, pero se dijo que allí abajo tenía que haber algún interruptor. La luz de la cocina se reflejaba en las escaleras que descendían hacia el sueño del sótano, pero no alcanzaba a iluminar el salón como tal. La imagen le pareció aterradora a Allan, que, cogiendo acopio de fuerza bajó. Al llegar a la mitad de las escaleras, se volvió para verificar que no hubiera nadie allí, pensó en Hector cerrando la puerta y dejándolo en la oscuridad absoluta. Al llegar abajo comenzó a buscar el interruptor, tocando la pared a medida que avanzaba. Siempre se volteaba a revisar la puerta de arriba, con el miedo a encontrarse con Hector, mirándolo fijamente como la noche anterior.

Eran las diez de la noche y Allan no entendía qué hacía allí a esa hora. Al fin dio con el interruptor, lo activó y una luz ambarina se reflejó en el sótano, era tenue, pero alcanzaba a iluminar la mayor parte del recinto. Llevaba los planos en su mano. Tras avanzar unos metros, divisó unas cajas y unos enseres, por lo que empezó a caminar hacia allí. Una caja rectangular llamó su atención, estaba de pie, por lo que parecía una puerta, al acercarse más observó que había algo detrás. Allan comprobó el plano del sótano y supo que allí se encontraba efectivamente una puerta, pero esta se hallaba detrás del cajón que tenía enfrente… ¿Cajón? Allan quedó estupefacto, no era ni una caja ni un cajón lo que tenía al frente, ¡Era un ataúd!

Mientras Allan asimilaba esta idea, en el piso de arriba sonó un grito desgarrador. Se volvió hacia la puerta del sótano y en ese momento el ataúd se abrió. Una mano agarró a Allan por el hombro, pero este alcanzó a soltarse y retrocedió unos pasos. Cuando vio el ataúd abierto, pudo observar a una anciana demacrada con la boca retorcida en una mueca de rabia. Allan salió disparado escaleras arriba, pero cuando llegó por fin a la puerta, se encontró con Hector que lo miraba con una sonrisa en la cara. Allan no supo qué le produjo más terror, si la anciana dentro del ataúd o el rostro de Hector. Este llevaba un martillo en su mano derecha, y Allan pudo ver que estaba salpicado de sangre. Lo levantó para descargarlo sobre Allan, pero este alcanzó a reaccionar y cogió el brazo de Hector. Lo atrajo hacia atrás y juntos cayeron escaleras abajo, hacia el sótano, que ahora volvía a estar completamente oscuro.

Mientras tanto, en el segundo piso de la casa, Rose yacía en el suelo de su cuarto, la sangre brotaba de su frente. Al lado de ella se encontraba un anciano decrépito, que la observaba con avidez.

- No quería hacer nada de esto, pero Woodhouse me obligó -decía el anciano- quizás no tengas la culpa, pero llegaste en el momento menos indicado, nena.

Rose comenzaba a reaccionar, le daba vueltas la cabeza y veía al anciano en una imágen distorsionada.

- Yo nunca apuesto más de la cuenta -siguió el anciano-, simplemente era un pasatiempo, pero Woodhouse persuadió a la pobre Annie para que apostara la casa ¡Ese malnacido!

Rose ahora podía ver mejor al anciano, no conocía su rostro, pero creía saber de quién se trataba. Empezó a recordar porqué el dolor en su cabeza: estaba intentando dormir en su cama, cuando alguien llamó a la puerta. Ella pensó que era Allan -comenzaba a sentir cierta atracción hacia él- pero cuando abrió vio a Hector, que la miraba fijamente, pero no estaba solo, a su lado se encontraba el mismo anciano que ahora le hablaba. Hector no dijo ni una sola palabra, se limitó a levantar su brazo, en su mano sostenía un martillo. Fue ahí cuando Rose gritó. El grito se ahogó con el impacto del martillo sobre su cabeza. Ahora lo recordaba.

- Pobre Herbert, tuvo que hacer todo esto por nosotros, tuvo que humillarse ante Woodhouse y aparentar ser un simple empleado, pero gracias a ello pudo saber cuándo y dónde iba a venir Woodhouse. Ustedes únicamente son parte del precio que se debe pagar, lo siento, pequeña.

Rose trataba de prestar atención, no podía asimilar lo que estaba escuchando. ¿Qué estaba pasando? Pero más importante aún: ¿Qué hacía ella en esa maldita casa? Rose pensó con mayor claridad, y supo que esta gente desquiciada pretendía asesinarla, pero aún no lo habían hecho, lo que significaba que debía mantener la calma y buscar la forma de salir de allí lo antes posible.

- Puedo ayudarles a acabar con Woodhouse -dijo Rose-, también le odio.

El anciano se sobresaltó al escuchar estas palabras, la miró un rato y luego dijo:

- Lamentablemente ya es demasiado tarde, querida, el plan debe seguir como está. -Luego preguntó como para sí mismo-: ¿Por qué se demorará tanto Herbert?

¿Herbert? ¿Quién carajo era Herbert? No importaba en este momento. Rose analizó la situación y observó a su alrededor. El viejo debería tener setenta años como mínimo, podría derribarlo; sólo tendría que aprovechar una situación propicia. Esta situación propicia llegó un instante después: el anciano se giró hacia la puerta, dándole la espalda a Rose. Esta aprovechó para coger lo primero que vio sobre la cómoda: una lámpara. Cuando el anciano se percató de lo que estaba haciendo, intentó cogerla, pero Rose fue más rápida y le asestó un golpe en la cara, convirtiendo el rostro del anciano en una máscara de sangre. Rose volvió a golpear con mayor fuerza mientras el viejo se tambaleaba, este segundo golpe fue directo a la sien del anciano, quien terminó de caer al suelo, inconsciente.

Allan forcejeaba con Hector en el suelo del sótano. No se veía nada, pero percibía el aliento de Hector sobre su cara. Hector había perdido su martillo, lo había escuchado rebotar contra el suelo produciendo un “clic” metálico. Allan ahora oía la voz de la anciana que llamaba a Hector, quien seguía forcejeando, intentando estrangular a Allan, pero este no se dejaba. Allan metió sus dedos en la cara de su contrincante. Hector percibió los dedos en su cara, pero cuando los tuvo cerca de su alcance los mordió, y no soltó hasta arrancar el dedo anular de Allan, que soltó un grito estruendoso y dejó en paz la cara de su adversario. Allan no podía ni siquiera levantar los brazos del suelo para sobarse la herida, pues Hector apretaba con fuerza su cuello. Pero mientras se entregaba a su destino fatal, Allan tocó algo metálico a su lado, en el suelo, lo levantó con sus últimas fuerzas y lo estrelló contra la cabeza de Hector, quien alcanzó a moverse justo antes de que el martillo se estrellara de lleno. Esto sirvió para que lo soltara y Allan cayó de lado. Mientras se incorporaba tambaleándose, Hector aprovechó para perderse en la oscuridad. Allan no podía ver el fondo del sótano, pero sabía que tanto Hector como la anciana estaban allí, en ese siniestro sótano.

Allan se reponía de la pérdida de aire y sostenía delante de sí el martillo. Sabía que la escalera estaba ubicada a su derecha, pues veía la puerta del sótano iluminada, pero también sabía que, si intentaba subir por la escalera, Hector saldría de la penumbra y le atacaría por detrás. Decidió intentar encender el interruptor que se encontraba unos metros más adelante, siempre alerta para lanzar un martillazo a cualquiera que intentara acercarse. Cuando iba llegando al punto del interruptor, sintió que algo se movió a su derecha, y sin pensárselo dos veces lanzó un martillazo en esa dirección. Dos gritos se mezclaron para formar una melodía diabólica; el primero de dolor y el segundo de odio. Allan le había clavado el martillo por el lado afilado en la frente a la anciana, lo supo cuando no pudo volver a levantarlo. El otro grito fue producido por Hector, quien se había dado cuenta de lo que había hecho Allan.

Hector se volvió a lanzar encima del abogado. Ahora llevaba una varilla en la mano, la asió y golpeó a Allan en la pierna izquierda, este se dobló y aulló de dolor, pero alcanzó a encender el interruptor. La escena era grotesca: la anciana tirada en el suelo, muerta, y el rostro de Hector desencajado y convertido en una fiera. Allan se sentía perdido. Levantó el brazo para protegerse del siguiente golpe, pero fue inútil, Hector le asestó un golpe en las costillas, el cual le hizo retorcerse. En el momento en que Hector se disponía a clavarle la varilla, sonó la puerta principal de la casa. Hector se sobresaltó y dejó a Allan tirado en el suelo. Subió a la primera planta, llamó a alguien, y tras no recibir respuesta, supo que había pasado algo con la chica.

No lo podía creer, el plan se le estaba desmoronando. La anciana estaba muerta, algo le había pasado al anciano, y ahora la chica había salido de la casa. Decidió salir a buscar a la chica, el imbécil de Allan no se podría mover con los golpes que le había dado, pronto llegaría su hora de pagar lo que había hecho.

Justo cuando Hector salía, Rose rodeaba la casa y se escondía en la esquina de esta. Había escuchado forcejear a Allan en el sótano con Hector después de bajar de su cuarto, y algo le decía que Allan seguía con vida. Cuando Hector se alejó por el camino principal, Rose rodeó toda la casa y entró por la puerta de atrás. Se dirigió al sótano, la tenue luz se encontraba encendida y pudo ver dos cuerpos en el suelo. Al acercarse supo que uno era el de Allan, el otro parecía ser el de una anciana muerta, tenía algo clavado en la frente. Allan se retorció al sentir que alguien se acercaba.

- Soy yo -dijo Rose en un murmullo-, he venido a ayudarte. Debemos irnos inmediatamente de aquí.
- Hay un pasaje secreto -dijo débilmente Allan.
- ¿Qué? ¿Dónde? -Rose tuvo una leve esperanza.
- Detrás del ataúd que está al fondo del sótano -señaló con el dedo el ataúd abierto. Su mano estaba empapada de sangre.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Qué te pasó en la mano? ¿Te encuentras bien? -Hacia las preguntas demasiado aprisa. 
- No importa -empezó Allan-, debemos darnos prisa antes de que vuelva. Vi el pasaje en los planos, ayúdame a levantarme.

Cuando llegaron al ataúd, Rose lo movió un poco y pudieron ver la puerta. Estaba casi tapada por el polvo. Allan observó que el candado no estaba.

- Solamente se puede abrir desde aquí -dijo Allan-, quizás fue usado como ruta de evacuación.

Rose abrió la puerta y esta rechinó al moverse. Se inquietaron con el sonido. Rose ayudó a Allan a levantarse y juntos pasaron la puerta. 

- ¿Cuánto debemos avanzar? -Preguntó Rose.
- En los planos parecía que no mucho, saldremos a una colina en el bosque, detrás de la casa, quizás unos quinientos metros.
- Debimos haber traído algo para iluminar el camino.

El túnel era pequeño y tenían que pasar casi agachados, aparte Rose debía ayudar a Allan, lo que hacía todo más lento. No habían avanzado ni cien metros, cuando les llegó una voz desde la puerta del pasaje.

- ¡Vaya, con que encontraron el antiguo pasaje! -Era la voz de Hector, que les llegaba desde la puerta que habían traspasado.

- Pero les tengo una muy mala noticia -siguió Héctor-, uno de los planes que teníamos con mis padres era encerrar justo aquí a Woodhouse y a su estúpido secretario. Para ello derrumbamos el fondo del túnel por el que se dirigen ahora mismo, están andando en un callejón sin salida. Esto es una mazmorra creada para más de una persona ¿Saben por qué? -Esperó unos instantes antes de responder.

Pasaron unos segundos sin que se produjera sonido alguno, Allan y Rose estaban sin aliento, no podían creer en lo que se habían metido. A Allan le dolía tremendamente la mano.

-Porque la gracia es que alguno tenga que comerse al otro para sobrevivir -añadió Hector-. Un castigo ejemplar por todo lo que el hijo de puta de Woodhouse le hizo a mi familia.

Allan no terminaba de entender lo que decía, en este punto el dolor no lo dejaba pensar. ¿Mi familia? ¿Esos ancianos eran los Frey? ¿Estaban vivos? ¿Hector era su hijo o simplemente se refería a ellos como familia por haber trabajado para ellos por mucho tiempo?

-Hector, no tienes porqué hacernos esto -intervino nerviosamente Rose-, nosotros no te hicimos nada, fue Woodhouse. Hasta nosotros le odiamos.
-Demasiado tarde, aquí comienza la venganza contra Woodhouse. 

En el momento en que empezaba a rechinar la pesada puerta al ser cerrada, sonó un disparo procedente de la casa. Hector lo oyó y se sobresaltó, no entendía lo que pasaba. ¿Su padre? No había revisado el piso superior. De repente surgió el sonido de pisadas y voces entrando en la casa, parecían varios. Cuando los pasos llegaron hasta la puerta del sótano, Hector pudo ver de quién se tratava.

Rose y Allan escucharon otro disparo, pero no entendían nada de lo que estaba pasando. Allan estaba a punto de desmayarse.

- ¿Quién anda ahí? -Preguntó una voz desde la puerta del pasadizo secreto.
- Rose White y Allan Parker -respondió Rose-, nos querían encerrar aquí -había esperanza en su voz- ¿Quién es usted?
- Policía del Condado -respondió el oficial-. Recibimos un aviso de que algo extraño ocurría aquí.

Eran las dos y media de la madrugada.


VII


Mientras Rose y Allan eran atendidos por un par de enfermeros, se enteraron de lo que había ocurrido: después de la cena, Allan había comprobado efectivamente el teléfono de la casa como le había pedido Rose. Había llamado a Henry, el secretario de Woodhouse, y le había informado la conducta extraña y la desaparición repentina de Hector. Henry había comenzado a hacer inmediatamente las averiguaciones pertinentes, ya que cuando “Hector” fue contratado por Woodhouse, no se habían detenido a averiguar nada sobre él. Henry había descubierto que los Frey habían tenido un hijo llamado Herbert, lo cual le causó curiosidad, pues durante el trámite legal de la casa, nunca había aparecido nungún familiar de los Frey. Más extraño se tornó el asunto, cuando descubrió una fotografía donde aparecían dos ancianos Frey acompañados de un hombre corpulento, de unos treinta y tantos años. El sujeto coincidía con los rasgos característicos del encargado de cuidar la casa, pero lo que terminó de sobresaltar a Henry fue la inscripción de la fotografía, allí se leía claramente: “Sr. Y Sra. Frey e Hijo”. Sin pensárselo dos veces, Henry llamó a la casa de los Frey para preguntar a Allan si Hector había vuelto, pero tras comprobar que la línea estaba muerta, llamó a la policía del Condado e informó de la situación. 

El agente encargado de verificar la casa de los Frey (quien tiempo después confesaría que una corazonada le advirtió de que algo iba mal), pidió refuerzos para ir hasta allí. Solicitó a las demás patrullas que apagasen las sirenas, pues no quería despertar ni asustar a nadie. Al llegar a la casa pudo ver que la mayoría de luces se encontraban encendidas y que la puerta principal estaba abierta, situación que le puso en alerta, así que desplegó a sus hombres. Al entrar, vio que había gotas de sangre en el piso, sacó el arma y se dirigió al segundo piso. En ese momento sonó el primer disparo: Mr. Frey se había suicidado. Este se había percatado de las patrullas a través de la ventana, pues seguía en el cuarto de Rose un poco aturdido por el golpe que había recibido, se dirigió a una de las habitaciones del pasillo, sacó una pistola calibre 22 y se disparó en la cabeza. El policía que bajó al sótano, confundió la varilla que Hector tenía con un rifle, por lo que disparó, asesinándolo en el acto. Motivo del segundo disparo que escucharan Rose y Allan . 


VIII


Una semana después de lo ocurrido.

- Al final siempre gana el que tiene el dinero suficiente, ¿eh?
- No necesariamente.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque al final, el pillo de Woodhouse tuvo que regresar la casa de los Frey. Ahora hace parte del Condado, hasta que aparezca algún otro familiar psicópata que la reclame.
- Ja, ¿En serio? Si desde un principio hubiese sido así de sencillo…
- Al final se descubrió que Woodhouse había falsificado varios papeles y engañado a la Señora Frey. Además, esto conllevó a que lo investigaran por un par de apuestas fraudulentas. Ya ves, lo más probable es que lo condenen por defraudar al Estado, ya que hacía apuestas por fuera de la ley. Creo que lo mejor es seguir apostando en el casino.




FIN






Jim Cardozo, Julio de 2017.

domingo, 25 de junio de 2017

El sacrificio - Jim Cardozo (Relato)

EL SACRIFICIO


- ¿Ves algo? -Preguntó Dan.
-No -contestó Mike-, sigue caminando.

Llevaban caminando por el túnel un buen rato y a medida que avanzaban, se sentían más desubicados. El camino y las paredes eran de piedra.

- ¿No te parece como si estuviéramos caminando en círculos? –Volvió a preguntar Dan.
- ¿A caso eres un genio para seguir rastros o algo por el estilo? –Respondió enfurecido Mike.
- No, solamente siento que en realidad no avanzamos hacia ningún sitio. Además, tú fuiste el que tuvo la grandiosa idea de bajar por la maldita puerta.

Era verdad, todo comenzó a ir realmente mal cuando Mike decidió seguir bajando. Ya habían llegado al sótano de la casa, que estaba infestado de ratas, cuando Mike dijo que siguieran bajando. Habían llegado a aquella casa abandonada tras los rumores de que allí le había ocurrido algo horrible a los Norton, una familia que por lo que se decía, escondía una historia terrorífica.

Dan y Mike eran amigos desde la infancia, su amistad creció y se mantuvo gracias a los gustos en común que tenían; a los dos les encantaba todo lo que tuviera que ver con el terror. Cuando tenían diez años fueron al cine a ver Los cazafantasmas de Ivan Reitman, fue una película que les hizo mucha gracia, ya que el cometido de los protagonistas consistía en capturar fantasmas, pero al final resultaba ser graciosa la forma en que lo hacían. Años más tarde, cuando tenían dieciséis años, se les ocurrió la magnífica idea de intentar cazar sus propios fantasmas. Y aunque a esa edad, los dos ya sabían que los fantasmas no se podían atrapar, sí sabían que se podían sentir y hasta invocar, para esto tenían la referencia de The Haunting, una película de terror psicológico de los años sesenta, donde un grupo de personas entran en una casa embrujada e intentan contactar a los fantasmas que habitan en ella. Ahora tenían diecinueve años y seguían yendo de noche a lugares donde pudieran sentir alguna experiencia paranormal. 

- ¿Sabes lo que le ocurrió a los Norton realmente? –Preguntó esta vez Mike.
- El padre se volvió loco, decía que en las paredes se escuchaban ruidos extraños que no lo dejaban dormir, luego cogió un rifle calibre veintidós y asesinó a su esposa embarazada y a sus dos hijos, aunque uno intentó poner resistencia y solamente consiguió que no lo matara con el arma, sino que le cortó el cuello con un cuchillo -Dan comenzaba a incomodarse-. ¿Por qué estamos hablando de esto justo ahora?
- Porque me gusta -dijo Mike-. Además, esa no es toda la historia; tiempo después la policía reveló que Louis Norton no se suicidó con el rifle, sino que bajó al sótano, escribió una nota y luego se hizo varios cortes en su cuerpo con el mismo cuchillo con el que había asesinado a su hijo, desangrándose poco a poco. Cuando la policía llegó, estaba cubierto de ratas, eran tantas que no se veía nada de su cuerpo, y únicamente se alejaron cuando un policía hizo un disparo.
- Yo sabía lo de las ratas, pero no lo de la nota – repuso Dan.
- Pocos saben lo de la nota -apunto Mike-, dicen que la policía lo ha ocultado para no tener que dar más explicaciones sobre lo sucedido en la casa.
- ¿Y sabes qué decía la nota? –Preguntó Dan.
- Solamente los rumores que se dicen por ahí. Lo de la nota me lo contó la señora Bowers, le gusta contar historias terroríficas a todo el mundo.
- ¿Y qué te dijo? –Lo apremió Dan.
- Que en la nota estaba escrita la razón por la que Norton había asesinado a su familia –respondió Mike-, pero que no tenía coherencia. Aunque agregó que solamente las personas que estuvieran en la casa de los Norton de noche, entenderían a qué se refería la nota. Así que aquí estamos nosotros.
- ¿Y por qué no tenía coherencia la nota? -Preguntó Dan, que quería suponer que Mike lo estaba tomando del pelo.
- Que las ratas le hablaban en las noches, susurrándole que Nyarlathotep requería de un sacrificio para salvar su alma y la de su familia.
- ¿Nyarlathotep?, ¿el dios lovecraftiano? –Comentó Dan, divertido.
- Así es, parece que la señora Bowers comparte nuestro gusto por lo oscuro y lo misterioso –se burló Mike.

Dan se había detenido de repente, Mike lo supo porque casi se estrella con él. Solamente tenían una linterna y la llevaba Dan.

-Creo que he oído algo –repuso Dan.
- Creo que he sido yo otra vez, no debí comer esos frijoles que nos dio tu madre –se volvió a burlar Mike.
- Cállate y escucha –protestó Dan irritado.

Más adelante había una abertura en la roca, la cual parecía llevarlos a una parte más amplia del túnel por el que iban, de allí salía una pequeña luz. El sonido que se escuchaba sonaba como si un cerdo se estuviera alimentando a lo lejos. Era un sonido repugnante.

- ¿Oyes eso Mike? –Dan se volvió al notar que no le contestaba, pero Mike ya no estaba–. Mike, dónde estás, esto no es gracioso –Dan se estaba asustando de nuevo, la primera vez fue cuando bajaron al sótano de la casa y escucharon a las ratas que se escondían tras ver la luz que proyectaba la linterna.

Dan pensó en regresar por donde habían venido, como ya lo había hecho cuando Mike encontró la puerta misteriosa tras unas tablas sobrepuestas. En realidad, no era una puerta como tal, sino una especie de túnel secreto, el cual no parecía que lo intentasen ocultar demasiado, ya que no les costó mucho hallarlo. ¿O a caso había sido utilizado hacía poco y por eso estaba tan a la vista? Dan no creía que dicho pasadizo hubiese pasado inadvertido por la policía, ¿o sí?

Dan y Mike habían llegado a la conclusión de que el pasadizo secreto se extendía a través de un túnel que se comunicaba con una cueva subterránea. Mike no quería oír ni una sola palabra sobre regresar, y había llamado gallina a Dan por haberse asustado con unos simples ratones, pues al parecer para él esos roedores gigantescos no eran más que unos pequeños ratones de laboratorio. Dan decidió seguir adelante, pues creía que Mike se había hecho el valiente y se había adelantado para descubrir de qué se trataba el extraño sonido. 

A medida que avanzaba Dan se sentía cada vez más asustado, de repente ya no le hacía mucha gracia estar en aquel lugar, ni siquiera todo su gusto por el tema de lo sobrenatural le parecía algo divertido. Ahora sentía como si algo realmente malo fuera a pasar allí. Pero cuando reaccionó y pensó en volver a la casa, un sonido se agudizó a su espalda; procedía del sótano de la casa por donde habían venido. Parecía producido por un centenar de ardillas que se acercaran a gran velocidad.

En ese momento, Dan comprendió que no se trataba de un centenar de ardillas, sino de un millar de ratas del tamaño de ardillas que se dirigían hacia donde él estaba. Sin pensarlo dos veces, Dan salió corriendo en dirección al lugar donde se proyectaba la luz y el sonido extraño que había escuchado antes con Mike. Mientras más se acercaba, más se intensificará el sonido, y aunque no quería saber de qué se trataba, tampoco pretendía quedarse esperando hasta que las ratas lo alcanzaran. El horror fue mayor cuando, al salir al salón de roca abovedado, se encontró con Mike, el cual estaba petrificado delante de una masa llena de pelos que se hallaba sobre un charco de sangre. 

La luz que proyectaba sombras a través del recinto procedía de unas velas que se encontraban sobre túmulos de piedra, lo que le daba a la estancia un aire de lugar sagrado.

Cuando Dan intentó coger del brazo a Mike, este cayó de rodillas. En ese momento Dan observó los cortes en el cuerpo que sobresalían de la ropa de Mike, el cual había sido cortado muchas veces en varias partes del cuerpo con un cuchillo o algo filoso. Mike estaba agonizando, pero no apartaba la mirada de la cosa que se encontraba delante de él.

Dan dirigió su mirada hacia la cosa peluda que estaba observando Mike y quedó paralizado. Esa cosa era la que producía aquél sonido asqueroso. Esa cosa peluda era la madre de las ratas, de donde procedían todos los roedores del mundo. Dan no podía calcular la dimensión de dicho monstruo, solamente podía notar que era tan grande como un elefante. Al observarla mejor, Dan se dio cuenta que la cosa se encontraba devorando a otro ser, que bien podía ser un animal o una persona, ya que todo era vísceras y sangre. Dan estaba como hipnotizado por esa cosa gigantesca y llena de pelos. De repente, su trance se rompió cuando la camada de ratas entró estrepitosamente y llenó la estancia; tanto paredes como piso a su alrededor reproducía el sonido que hacían estos animales. Habían olido la sangre de Mike. En ese momento, la gran madre de las ratas dejó de alimentarse y se volvió hacia Dan, sus ojos eran de un rojo como la sangre, y su hocico puntiagudo dejaba salir unos colmillos laterales como los de un jabalí gigante, el pelo era de color gris. Cuando abrió la boca, si es que se le puede llamar así, coágulos de sangre salpicaron su pelaje y dejaron ver unos dientes puntiagudos que podrían ser los de un tiburón. La gran bestia siseó, un sonido tan repugnante que hizo estremecer a Dan, y esta fue la señal para que el millar de ratas cayera sobre el moribundo Mike. Dan cerró los ojos y apretó los dientes a la espera de su horrible muerte.

Cuando despertó, Dan se encontraba en el sótano de la casa de los Norton; estaba oscuro y olía a rancio. Comenzó a llamar a Mike, pero sabía que no había nadie más en ese lugar. Buscó a tientas su linterna, pero no la encontró. No veía nada a su alrededor, el sótano estaba muy oscuro. Como pudo subió las escaleras del sótano, arriba el día estaba amaneciendo. Habían entrado en la casa a media noche, ahora debían ser las cuatro y media de la mañana. Cuando salió al porche de la casa metió su mano en el bolsillo y notó que tenía un papel, era una nota. Dan la leyó una y otra vez.

-Aquél ser que sirve a Nyarlathotep, nunca muere –repitió Dan en voz alta y salió de la casa.


Jim Cardozo, Junio de 2017.

lunes, 27 de febrero de 2017

Vigilado - Jim Cardozo (Relato)


VIGILADO

Jack despertó en medio de la noche empapado en sudor, sin saber lo que había estado soñando. Lo primero que recordó, fue haber estado soñando con un lugar donde todo parecía hecho por una computadora, se sentía como en un juego de vídeo donde todo se veía en 3D, con figuras geométricas a su alrededor. Con este pensamiento en su cabeza bajó a la primera planta de la casa, abrió la nevera, se sirvió un vaso de leche y volvió a su habitación rápidamente. Le tenía miedo a la oscuridad; más aún cuando tenía pesadillas como aquella. Hacía frío afuera y parecía que iba a haber tormenta, de esas donde la luna parece reflejar, como la luz de un campanario, las sombras más tenebrosas que esconde la noche.


Jack vivía en una antigua mansión ubicada a las afueras de Derry, la casa había sido propiedad de sus abuelos, pero su madre la había heredado después de la muerte de estos, los cuales Jack nunca llegó a conocer. Tenía ocho años, pero comprendía que los fantasmas no existían, pues su padre, quien había fallecido hace un año, le había recordado con tensos susurros al oído, que tanto Santa como el Diablo eran inventos de las Corporaciones para hacer dinero; como las películas. Jack no entendía nada de las Corporaciones, pero nunca había visto un fantasma, ni creía que existiesen más que en las películas. Fue justo viendo El sexto sentido cuando conoció a los fantasmas. Además, el niño de la película le hacía sentirse identificado. Aunque después de ver la película, su padre tuvo que volver a reprenderlo, pues despertaba en la madrugada gritando y con los pantalones y las sábanas mojadas.

Aquella noche –la de la leche-, Jack comenzó a sentirse extraño, creía que algo le había ocurrido en aquél sueño que no llegaba a recordar del todo. Además, este había sido distinto a cualquiera que hubiese tenido antes. El sueño era algo así: comenzaba con una sensación de desorientación, lo cual lo hacía sentirse asustado, pero era un pánico sin comparación alguna, luego llegaba a un lugar oscuro, de una extensión inimaginable, no se le parecía a nada de lo que hubiese visto antes, de repente comenzaba a moverse algo al frente suyo, pero lo que fuese que se estuviera moviendo no era reconocible. Las cosas que se movían se escondían en una especie de círculos fluorescentes en medio de la nada, entre espirales de luces que se movían a su alrededor. Aunque Jack no estaba seguro de si se encontraba allí realmente, o si estaba viendo todo esto a través de algo o de alguien. Cuando las cosas que Jack veía comenzaban a acercarse, estas crecían en forma; eran de un tamaño cada vez mayor a medida que se aproximaban, con ojos que no parecían ojos sino huecos amorfos de un color verdoso. Tenían cabezas oblongas y todo su cuerpo -por decirlo de alguna manera- era de un color plomizo. Cuando estas cosas comenzaban a producir sonidos, como para comunicarse, Jack despertaba. Lo último que oía era algo ininteligible.

Justo en el momento en que estaba recordando el sueño, lo asaltó el pánico al oír un fuerte estruendo. Un rayo había caído al lado de su ventana, deshaciendo un árbol que se inclinaba casi al borde de la casa. Jack sobresaltado corrió al cuarto de su madre, pero cuando abrió la puerta, se encontró con un sujeto alto y de aspecto extraño, no se alcanzaba a reconocer en la oscuridad, pero en ese momento otro rayo proyectó su luz y pudo reconocerlo: era su padre. En ese momento, el niño se desmayó.

Cuando Jack despertó se encontraba sobre la cama de un cuarto solitario. La habitación era totalmente blanca, tanto sus paredes, que no tenían ventanas, como el piso y el techo eran blancos. Solamente había una cama, en la que Jack yacía y nada más. Una luz intensa le apuntaba directamente a la cara, la cual le hacía sentir desubicado y muy débil. Pero cuando comenzó a llamar a su madre, entró un hombre de cabello blanco y una bata blanca de doctor. Tenía aproximadamente unos sesenta años. Se sentó en el regazo de la cama y saludó a Jack:

-Jack Connor Jr., ¿cómo te encuentras esta mañana?
-¿Quién es usted? –Repuso Jack.
-El Dr. Karras, John Karras. Estás en el Centro de Diagnósticos del Ejército en Derry.
-¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está mamá?
-Tu madre se encuentra bien, está en este mismo edificio. Verás… -empezó a decir el médico, pero Jack le interrumpió.
-¡Quiero verla ahora mismo! –sonó casi como un grito ahogado.
-No te preocupes, estará aquí en un momento, pero primero queremos saber cómo te encuentras -el rostro del médico era adusto-, y hacerte algunas preguntas.
-¿Por qué? -se alarmó el niño- ¿Me encuentro enfermo?
-No, nada de eso pequeño, simplemente queremos hacerte unas preguntas acerca de tu padre -sonrió afablemente.
-¿Mi papá? ¡Él está muerto! –Sintió un vacío en el pecho.

Pero el Dr. Karras siguió como si no hubiese escuchado al niño.

-Creemos que tu padre no está muerto y que tiene algo que nosotros queremos, mejor aún: necesitamos.
-Yo no sé nada de nada, sólo sé que mi padre está muerto –se enjugó los ojos.
-Ya -dijo el médico-. Pero insistimos en realizarte unas preguntas. Verás; no querrás que le pase algo a tu madre… -empezó a decir el doctor, pero Jack había comenzado a sollozar.
-Sabemos que tienes sueños extraños -continúo el doctor- y queremos saber de qué se tratan -parecía no importarle la tristeza del niño.
-Yo… -comenzó Jack, pero se quebró. Salió el llanto.
-Todo estará bien si nos ayudas con esto, para ti y para tu madre... -el Dr. Karras se interrumpió un momento, luego siguió:- quizás también para tu padre.
-¡Él está muerto! –Gritó el niño, que no quería estar en ese lugar.
-Sólo responde a mi pregunta -el médico no cambió su semblante.

Jack intentó contar su extraño sueño, titubeaba un poco y se detenía a recordar, tuvo que secarse las lágrimas un par de veces, pero al final pudo contar lo sustancial. Cuando terminó, el Dr. Karras lo observaba minuciosamente.

-Verás –comenzó el Doctor-, tu padre no es lo que aparentó en vida, no era normal… y estos sueños que tuviste, no fueron en realidad sueños; los viviste. Al principio no era tu padre el que te hablaba en sueños, pero después de su “muerte” –al decir esta palabra hizo un ademán con los dedos para poner en duda lo ocurrido- creemos que ha estado intentando comunicarse contigo. Hay más como tú, todo este piso está lleno de niños de tu edad; sus padres son Visitantes, como el tuyo Jack.

Jack creía estar en otro sueño aún peor que el anterior, veía los labios del doctor cada vez que este hablaba para entender mejor lo que decía, sin embargo, cada vez entendía menos. ¿Visitantes?, ¿mi padre no está muerto?, ¿dónde está mi madre?

-Quiero a mamá aquí –dijo por fin el niño-, ¡ahora!.
-Creo que eso no será posible por ahora -respondió el médico sin vacilar-. Tu madre está en cuidados intensivos: tu padre intentó asesinarla.

Jack no creyó haber entendido esto último, la palabra lo asaltó como una bofetada: ¡ASESINATO!.

-Sé que todo esto te parece muy extraño -siguió el doctor- y estás confundido en estos momentos. Pero tienes sangre de Visitante; eres resistente a todo, tu coeficiente intelectual es muy superior al de los demás niños de tu edad. Supongo que no te sorprenden estas cosas que te estoy diciendo Jack.

Jack había sido el mejor de su clase desde que tenía memoria, había sido ascendido dos veces a cursos superiores por tener mejores dotes que sus compañeros de curso, no le gustaban los números pero le resultaba muy fácil resolver las operaciones que sus profesores le pedían que resolviera.

-Es por eso que necesitamos tu ayuda –prosiguió el médico-, tu padre ha desaparecido de nuestros archivos hace un año, lo teníamos vigilado como a los otros, pero escapó; planeó su muerte y ahora quiere regresar con los de su especie para apoderarse de todo.

El niño ya no prestó atención, se sumergió en un sueño profundo del cual no quería regresar. Se desmayó.

Al despertar, Jack se encontraba en su casa, acostado y con el pijama de Darth Vader que tanto le gustaba. En la mesa de noche se encontraba su vaso de leche a medio acabar. ¿Había sido un sueño? ¿Qué había sido un sueño? Era domingo y no había día de escuela. Miró su reloj de pared; eran las diez de la mañana y su madre estaba friendo los huevos del desayuno en el piso de abajo. Olía estupendo y Jack ya no pensaba más en sueños extraños. Cuando se levantó para bajar a desayunar, vio una nota al lado del vaso de leche que decía:

“NALIGIV ET”

Cuando se disponía a bajar para preguntarle a su madre respecto de la nota y tomar el desayuno, lo vio. Leyó la nota al revés.



Jim Cardozo, abril del 2016.